Pompano Beach es el destino que el sur de Florida tenía escondido y que debes descubrir: parte 1
Por Joanna Wurmann
Lograr juntarse con mi grupo de amigas siempre es una pesadilla, sobre todo cuando algunas vivimos en diferentes estados. Cada una tenía un requisito distinto: una quería que fuera fácil llegar, otra pedía playa, otra buena comida y todas coincidíamos en que no podía costar una fortuna. Por suerte, llegamos rápidamente a un acuerdo después de que propuse Pompano Beach.
A solo 45 minutos de Miami y a diez minutos del aeropuerto de Fort Lauderdale, esta ciudad se convirtió en el punto de encuentro perfecto para las que venían de fuera y para quienes vivimos en el sur de Florida. Yo había estado varias veces en el muelle y siempre me había parecido una ciudad encantadora. Además, me moría de ganas de conocerla más, así que ahora teníamos 48 horas para descubrir todo lo que tenía para ofrecer.
El siguiente paso era elegir un hotel. Para mi sorpresa, cuando una mencionó que el Fort Lauderdale Marriott Pompano Beach Resort acababa de terminar una renovación completa en 2026, estaba directamente en la playa, tenía dos restaurantes propios para esos días en que no quieres salir, piscina y un tiki bar, todas estuvimos de acuerdo en que era el lugar ideal para el reencuentro. Y yo, aún más feliz, porque no solo la discusión había sido corta, sino que, para mí, Marriott siempre ha sido la cadena en la que más confío.
Así fue como ese jueves de abril nos reencontramos en Pompano después de meses sin vernos. Cada una tenía una suite en esquina con terraza, bellas vistas al mar, nuestro propio living y un pequeño comedor. Un sueño en tonos beige y azules, perfecto para pasar unos días de relajo, risas y chismes.
Y fue una muy buena elección. Además de las habitaciones y de la bellísima vista, disfrutamos de cenas en The Kester, donde nos enamoramos del branzino flameado a la putanesca, con tomate asado, aceitunas y alcaparras, y del pappardelle con costilla braseada, ricotta batida y gremolata ahumada. ¡Una delicia! Pasamos las mañanas disfrutando de las cabañas junto a la piscina y la playa. Algunas aprovecharon las clases de booty band, mientras otras nos reíamos haciendo Aquadance en la piscina. Sin movernos de nuestras sillas de playa, nos trajeron el almuerzo de The Citrus Club, y me encantó que pudieran acomodar mi hamburguesa a mi gusto. ¡No entiendo esa moda de las smashed burgers!
Ya había llegado el momento de salir a conocer Pompano, porque, en parte, a eso habíamos venido. Obviamente, partimos por el muelle, que, como dije, es uno de los mayores atractivos de la ciudad. Allí puedes ver gente pescando, pelícanos esperando a que les caiga alguna sobra y una vista de la costa del Atlántico que te deja sin aliento.
Después descubrimos una joyita única: el Jellyfish Museum, que había abierto hacía poco más de un mes y es el único en su tipo en Estados Unidos. Fue fundado por una pareja ucraniana y su exhibición cuenta con 21 tanques y más de 25 especies. También aprendimos que no tienen cerebro y que llevan 500 millones de años en la Tierra, lo que las convierte en una de las criaturas más antiguas del planeta. El museo está muy bien montado, es precioso y mucho más interesante de lo que una espera.
La cena era uno de mis momentos más esperados del fin de semana: finalmente iba a probar Oceanic, un restaurante con varios pisos frente al océano, justo al lado del muelle y con esas vistas imbatibles del Atlántico. De todo lo que pedimos, lo que más me gustó fue el ceviche de mahi mahi con lima, tomate, jalapeño, cebolla morada, aguacate y cilantro; el tartar de carne preparado en la mesa, con filete de res en cubitos, chile calabrés, yema de huevo, alcaparras y crostini; y la ensalada tailandesa de fideos con atún sellado, rúcula, mango y aderezo tailandés de maní. Todo estaba muy bueno y con esa brisa del mar que hace que todo sea aún mejor.
Pero la noche era joven y a nosotras nos quedaba todavía mucho por ponernos al día, así que nos fuimos a Revelry, un bar estilo speakeasy en Old Town, que está entre los 100 mejores restaurantes de Yelp en Estados Unidos.
Allí tomamos, seguimos riéndonos y cantamos como locas, ya que la banda se turnaba para imitar a Duran Duran y, claro, nosotras nos sabíamos todas las canciones. En algún momento, entre The Reflex y Hungry Like the Wolf, nos quedamos sin voz.
Joanna Wurmann,